Maniquí roto tirado en el suelo

Cuando escribí mi libro sobre “La Mentalidad sin Estado” y empecé a trabajar con mi blog en alemán hace unos dos años no me podía imaginar el interés que todo esto iba a despertar. Aunque siempre fue mi objetivo mostrar caminos para salir del sistema, nunca llegué a criticar directamente la idea de Estado y todo lo que la rodea.

Sin embargo, con Librestado no solo pretendo mostrar una salida práctica del sistema, sino también quiero dejar claras las razones morales y filosóficas detrás de esto, pues este blog ha surgido como una crítica al Estado y a la forma de dirigirlos.

Este artículo no va a ser una crítica trabajada hasta el último detalle, ese tipo de críticas rara vez llega a la mayoría y ya existe en diferentes formas. Más bien va a ser una crítica comprensible y clara.

Por supuesto no tienes por qué compartir mi opinión, de hecho me encantaría que me comunicaras la tuya en los comentarios, aunque, por supuesto, te pediría que primero leyeras mis argumentos.

Cuanto antes empieces a ver los Estados como lo que son, más fácil te resultará escapar de sus garras y alejarte de un sistema que limita tu libertad y la de la gente que te rodea.

A continuación te presento el artículo central de mi libro, la parte más importante de este. Espero que te ayude a liberarte de la ilusión del Estado, porque tu vida es tuya.

El Estado es el gran ente ficticio por el cual cada uno trata de vivir a costa de todos los demás.“

Fréderic Bastiat.

Para empezar a escapar de la trampa del Estado has de comprender lo que son realmente los Estados. Pues los Estados tienen un papel importante en la vida de todos nosotros.

No tienes más que echarle un vistazo al periódico de hoy y sabrás de lo que te estoy hablando. Y ahora, piensa en tu última declaración de la renta… ¿Tiene o no tiene una gran influencia sobre nuestras vidas?

No es de sorprender que cuando nos vemos limitados en nuestras libertades encontremos siempre la causa en el Estado. Este limita nuestra libertad o directamente no nos permite hacer muchas de las cosas que nos gustarían.

A lo largo de estas líneas de libertad y obligación tienen lugar las pugnas entre diferentes tipos de políticos e ideologías.

Por un lado los impuestos, la vigilancia y regulación limitan nuestra libertad, por otro, muchas personas quieren disfrutar del derecho al bienestar, tiempo libre e infraestructuras para poder ser libres de verdad.

Hemos caído en la trampa del Estado, trampa construida sobre la base de cuatro ideas equivocadas sobre el rol del Estado.

Has caído en la trampa si piensas que:

  1. Los Estados cumplen una función social
  2. Estás obligado a obedecer las leyes estatales
  3. Puedes reformar el Estado de forma que haga lo que tú quieres
  4. Has de temer al todopoderoso Estado y que no va a permitir que te liberes

El gobierno no puede resolver el problema. El problema es el gobierno.»

Ronald Reagan.

¿Para qué sirven los Estados?

Más allá de los aspectos filosóficos y legales, la gente suele legitimar la existencia del Estado basándose en tres puntos de vista sencillos:

  1. Los Estados aumentan el bienestar común, en lugar de reducirlo.
  2. La mayoría tiene más ventajas que desventajas de vivir en Estados.
  3. Los Estados son necesarios para proteger nuestros derechos, vidas y la propiedad.

Sin embargo, todo esto se asienta sobre un error al que el economista francés Frederic Bastiat se refería con su frase:

El Estado es el gran ente ficticio por el cual cada uno trata de vivir a costa de todos los demás.

La gente ve las ventajas directas, pero no percibe las desventajas indirectas. No entienden que, a través de la inflación y diferentes tributos e impuestos poco visibles, pagan más de lo que reciben.

No tienen claro que la infraestructura que el Estado les ofrece podría ser muchísimo mejor con el mismo dinero que ya pagan con sus impuestos.

No ven las alternativas existentes, las alternativas que tendrían sin un Estado detrás. O, por otro lado, están felices de que el Estado limite las opciones de otros, ya sea porque piensan que las drogas son peligrosas, que los domingos no deberían abrir las tiendas o que la homosexualidad es amoral.

¿Tú también lo ves así? Sigue conmigo.

Imagínate que el crimen organizado hubiera tomado el poder. La Mafia se ha hecho con el control de la sociedad y ha conseguido doblegar al Gobierno. Has perdido la protección del Estado. Ahora, ¿qué pasaría si tuvieses un negocio?

  1. Pagarías una cuota de protección para que te permitieran seguir con tu negocio.
  2. Tendrías que soportar y someterte a la extorsión diaria si quisieras mantener tu negocio.
  3. Pagarías dinero a cambio de poder permanecer en tu propiedad o para poder hacer uso de tus medios de producción.
  4. La mafia te dictaría cómo debes llevar tu negocio, lo que puedes ofrecer y lo que no, y qué mercados te están vetados.
  5. La mafia invertiría el dinero que saca de tu negocio en otros negocios que te harían la competencia.

No suena muy bien, ¿no? ¿Te gustaría vivir en un entorno así? ¿Qué te parecería tener que pagar para que te permitiesen trabajar o a cambio de poder vivir en tus propiedades? ¿Quieres que te dicten lo que puedes y no puedes hacer, que subvencionen a tu competencia e incluso creen empresas que posiblemente compitan con la tuya? Ah, y todo ello con el dinero que les das, claro.

Seguro que no, y sin embargo, como quizás hayas adivinado, es justamente lo que estás haciendo.

Resulta que el Estado, aquella entidad que se supone debe protegerte de la mafia, se ocupa de:

  1. Recolectar los impuestos de sociedades, sobre la renta de personas físicas, sobre el valor añadido (IVA), las sucesiones, impone cuotas por licencias y, a menudo, incluso te obliga a darte de alta en la cámara de comercio
  2. Recoger impuestos sobre los sueldos, a cambio del privilegio de trabajar.
  3. Permitirte elegir entre pagar impuestos sobre la propiedad o perder tus pertenencias.
  4. Regula lo que puedes ofrecer, te marca los precios mínimos y máximos que puedes poner, además de lo que debes ofrecer a tus trabajadores. También te obliga a dar cuentas de tu estado económico a través de un sistema de informes complejo.
  5. Abre empresas que te hacen la competencia y te pueden llevar a la ruina, ya que, por muy mal que lo hagan, nunca se quedarán sin dinero.

Todo esto y mucho más es lo que hace el Estado. Entonces, ¿qué es lo que convierte a quien nos ha de proteger de la mafia en una mejor opción que esta?

¿O a caso son las películas de nobles agentes al servicio del Estado y malévolos bribones las que nos siguen confundiendo? ¿Qué podría pasarnos con la mafia que el Estado nunca permitiría?

Te podría matar. Pero por otro lado, el Estado también, introduciendo (o manteniendo) el servicio militar obligatorio y llevándote como soldado a la guerra con otros países.

Por supuesto ni la mafia ni el Estado te querrá matar, ya que les aportas dinero. Mientras pagues tus tributos y obedezcas, no tendrás problemas ni con unos ni con otros.

Es verdad que una vez cada cuatro años elegimos a nuestro presidente. Hm… ¿qué opinas, le costaría mucho a la mafia montar un teatro parecido?

Los Estados modernos no te hunden en un lago sujeto a un cubo con cemento seco para liquidarte, pero al final, también acaban obligándote a pagar multas o hacer trabajos forzados, quitándote todo lo que tienes, privándote de tu libertad o incluso acabando con tu vida según el país en el que vivas y la gravedad de tu infracción.

Prueba a cometer un delito sin víctimas. Ya sea tomar drogas, conducir sin cinturón o casco, prostitución o juegos de azar (por supuesto, no me refiero a la prostitución obligada). Una buena parte de los crímenes ante los cuales el Estado nos protege no son en realidad tales. La prohibición de estas actividades en realidad lo que hace es fomentar la aparición del crimen organizado en estos sectores.

Son pocos los que prefieren la libertad, la mayoría sólo quiere un amo justo.»

Salustio.

El Estado trata de imponer la moral de unos sobre otros, ¡no se lo permitas! Una vez que hayas tomado conciencia de la situación, el siguiente paso es hacia tu libertad.

Como decíamos antes, te encuentras en la trampa del Estado si piensas que:

  1. Los Estados cumplen una función social
  2. Estás obligado a obedecer las leyes estatales
  3. Puedes reformar el Estado de forma que haga lo que tú quieres
  4. Has de temer al todopoderoso Estado y que no va a permitir que te liberes

Analicemos esto punto por punto.

  1. La creencia de que los Estados cumplen una función social

Para romper con esta creencia de forma sistemática tendríamos que introducirnos en una reflexión profunda sobre el funcionamiento del mercado, algo que aquí nos desviaría mucho de nuestro tema central. Así que probaremos con una explicación más sencilla y superficial.

Ten en cuenta de que solo existen dos formas de obtener aquello que quieres: robando o intercambiando. ¿Cuál de estas formas es mejor para una sociedad?

En caso de que pienses que el robo de tu dinero, tu tiempo, tus energías y tu libertad tiene algo de social, poco puedo hacer por ayudarte.

Supongo que tú también piensas que es más útil y apropiado en una sociedad apostar por el intercambio en lugar de por el robo y saqueo. En un intercambio ambas partes se benefician.

Si aplicamos esto a una gran cantidad de personas, no cambia nada, así, debería estar claro que el mercado tiene una función social mucho más útil que la que el Estado jamás podrá alcanzar.

  1. La creencia de que estás obligado a obedecer las leyes estatales

Si crees que debes obedecer las leyes estatales, seguramente hayas caído en otra de las trampas del Estado. En realidad no estás obligado. Es más, al hacerlo estarás apoyando la existencia de la presión y coacción estatal que seguirá promulgando nuevas leyes que limitarán las libertades.

Lo único que debería importarte son las consecuencias de tus actos. ¿Qué pasará sin quebrantas la ley? ¿Qué puedes perder si te descubren?

Cuando obedezcas las leyes estatales hazlo por miedo a las consecuencias o porque coinciden con tus valores morales, nunca porque te creas obligado moralmente a ello.

  1. La creencia de que puedes reformar el Estado de forma que haga lo que tú quieres

Otro mito muy extendido: crees que puedes usar el Estado para cambiar la sociedad. Es comprensible, de hecho, los programas electorales o de las iniciativas políticas suenan muy prometedores, al menos hasta que se ponen en práctica. No tienes más que echar un vistazo al balance de todo esto después de varias décadas de promesas y programas para ver a lo que me refiero.

Uno de los grandes logros de los Estados es hacernos creer que realmente son nuestros y que podemos usar los canales existentes para cambiar lo que no funciona.

En lugar de buscar caminos para el cambio político (algo sobre lo que en realidad, aunque realmente te dediques a la política, no tienes ningún control) concéntrate en aquello que sí puedes controlar.

  1. La creencia de que has de temer al todopoderoso Estado y que no va a permitir que te liberes

Si hay una cosa que tanto el Estado como la persona individual tienen en común es que ambos están sujetos a los principios del mercado. Los recursos del Estado son limitados, es decir, no puede permitirse controlar a todo el mundo de forma individual.

El Estado es una trampa grupal gigante con todos los problemas que a este tipo de trampas caracteriza. No tienes por qué temer al Estado, simplemente tienes que ser consciente de su ineficiencia y usarla para tu provecho. Cuando no tienes Estado das la vuelta a la sartén, en lugar de permitir que sea el Estado quien se aproveche de ti, puedes aprovecharte tú de él.

No tienes por que temer al Estado, el Estado ha de temerte a ti. No porque vayas a comportarte de forma violencia, sino porque si no te trata bien, vas a abandonarle. Ha llegado el momento en el que dejas de pensar que le debes nada y empiezas a organizar tu vida libremente, eligiendo el Estado por las ventajas que te da, en lugar de por una cuestión romántica, de tradición o nacimiento.

El poder es del consumidor, y los ciudadanos consumimos lo que ofrecen los Estados, igual que cualquier otro producto o servicio.

La esencia de los Estados

Muchas personas caen en la trampa del Estado porque nunca llegan a entender lo que el Estado es en realidad:

Una institución de pertenencia obligada (nadie te pregunta si quieres apuntarte) que ha conseguido convencer a la mayoría de que es necesaria. Esta es realmente la única diferencia con la mafia, son pocos los que piensan que la mafia esté cubriendo una necesidad social importante.

Para que todo este funcione, te enseñan ya desde temprana edad (no es de extrañar que la escuela sea obligatoria) que los policías son los buenos y que se ocupan de proteger a los buenos ciudadanos de los malhechores que acechan en todas las esquinas, también que el Estado es el responsable de todo lo bueno que nos rodea.

Lo que seguramente no te contarán es que el propio Estado resulta ser el causante de muchos de los problemas ante los que nos encontramos.

Un mundo sin Estados (ni fronteras) sería un mejor mundo, pero por desgracia, este mundo no es compatible con la realidad en la que vivimos.

Eso no significa que no podamos sacar algo de valor de nuestra mejor comprensión del mundo en el que vivimos. Una vez que somos conscientes que los Estados no son beneficiosos para la sociedad, podemos de dejar de invertir tiempo en ayudarles a prosperar, dejaremos de lado el concepto de nación o patria y empezaremos a vivir por nosotros y por aquello que realmente nos importe.

Es como cuando descubriste que no eres tú quien ha de temer a las grandes corporaciones, sino ellas las que deben temerte a ti. Tú tienes el poder y eliges a quién apoyas, ya sean Estados, empresas o personas.

A menudo oímos decir que la función del Estado es hacer por las personas lo que ellas mismas no pueden hacer.

Una vez que entiendes lo que es un Estado y cómo funciona, comprenderás también que esto no tiene sentido. Puedes conseguir prácticamente todo lo que necesitas de forma más segura, barata y eficaz, sin tener que depender para ello de lo que quiere la mayoría o el que más votos ha conseguido.

Y si tienes que recurrir a algún Estado para conseguir tu pasaporte, asegurar tus bienes o vivir en él, ten en cuenta que puedes elegir el que más ventajas y mejores servicios te ofrezca. Por supuesto, el Estado se cobrará, ya sea mediante impuestos directos o indirectos.

Lectura adicional:

El gran mito del Estado ha interesado a muchos otros pensadores antes que a nosotros. Muchos de ellos lo legitiman, pero también hay algunos que lo ven como un problema. Tendrás que elegir cuál es tu crítica al Estado y si en realidad estás a favor o en contra. Aquí tienes unos cuantos libros que podrían ayudarte a profundizar en el tema.

El economista Murrary Rothbard, uno de los más populares anarco-capitalistas, muestra en su libro “Hacia una nueva libertad. El manifiesto libertario” por qué y cómo puede funcionar un sistema sin Estados.

El filósofo Michael Huemer también habla del problema de la autoridad política en su libro (solo en inglés) “The problem of political authority”. En el libro rebate sistemáticamente todo intento de legitimar el Estado y muestra argumentos convincentes a favor de una sociedad anárquica.

También Leopold Kohr, filósofo austriaco, habla del problema de los Estados, aunque en su caso desde otra perspectiva. Para él, el problema fundamental es la ineficacia de lo grande, y la mejor solución para evitarlo es apostar por lo pequeño. En sus obras muestra por qué lo pequeño siempre es superior a lo grande. Su libro más conocido es “The breadkdown of nations”.

 

Hasta aquí hemos llegado hoy, ¿qué opinas?, ¿cómo lo ves tú? ¿sigues cegado por el mito del Estado? Deja tu comentario y, si quieres seguir aprendiendo cómo liberarte del peso del Estado, apúntate a nuestros contenidos, ¡es gratis!


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